
Sirvan los unos a los otros, cada uno según el don que ha recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. 1 Pedro 4:10
A menudo, creemos que servir a Dios y al prójimo es algo reservado para grandes obras, ministerios destacados o acciones que todos ven pero en realidad es una actitud que podemos y debemos adoptar en nuestro día a día. Sin embargo, el corazón del servicio cristiano no se revela en lo extraordinario como en lo cotidiano, en el día tras día, entre las tareas comunes, las palabras sencillas y los encuentros que pasan desapercibidos ante los ojos del mundo.
El servicio no es solo una tarea, sino que es una manera de andar, una forma de vida que implica compromiso, dedicación y un esfuerzo constante para contribuir al bienestar de los demás. Es un estilo de vida que aprendemos de Jesús. El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos». Mateo 20:28. Su servicio no solamente fue en momentos públicos o ante multitudes; sino que sirvió en el trato diario con sus discípulos, lavando sus pies, escuchando sus dudas, compartiendo el pan, teniendo compasión de sus debilidades. Su servicio no fue esporádico, al contrario fue constante, lleno de paciencia y lecciones aprendidas .
Cada pequeño gesto hecho con amor y fe se convierte en un acto de amor a Dios. No importa si aparentemente es insignificante, puesto que para el mundo puede parecer irrelevante, pero ante la mirada de Dios adquiere valor, pues su esencia no se centra en las apariencias, sino que se fija en el corazón y en las intenciones.
Servir cada día con sencillez y constancia nos transforma y enseña a dejar de mirarnos a nosotros mismos y a nuestras comodidades para poner los ojos en el bien del otro, ya que de esta forma, logramos desarrollar nuestra capacidad de empatía. Esto nos recuerda que el Reino de Dios se construye con manos dispuestas y corazones que adoran, así como hizo Cristo, que se humilló y brindó servicio a los demás.
