La voz de Dios es la melodía al corazón

En medio del constante ir y venir de las preocupaciones diarias y de las voces que muchas veces nos exigen o nos critican, existe una voz que se alza y resuena con fuerza sobre las demás: La voz de Dios.

La Biblia nos dice «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen» (Juan 10:27)

¿Por qué decimos que es dulce?

Porque donde hay palabras de condenación, Dios trae perdón. Donde existen palabras de desesperanza, Dios trae esperanza. Donde hay confusión, trae claridad. Su voz tiene el poder de calmar las tormentas de nuestra alma y hacernos sentir seguros, como un hijo que escucha la voz de su padre y sabe que está a salvo.

La voz de Dios no es ruidosa ni agresiva, es suave, tranquila y llena de paz. A menudo se manifiesta como un «susurro apacible», como lo percibió el profeta Elías. No busca atemorizar, sino guiar, consolar y restaurar. Enamórate de su dulce voz que es la melodía del corazón. Acostúmbrate a escucharla, es la única que puede decirte quién eres realmente y hacia dónde vas.

Sin embargo, para poder escucharla, necesitamos hacer silencio. No podemos oír la voz suave de Dios si nuestros oídos están llenos de distracciones. Se requiere tiempo de oración, lectura de su palabra y, por sobre todo, un corazón dispuesto a reconocerla.

Cuando aprendemos a distinguir la voz del Buen Pastor, dejamos de caminar solos y empezamos a dar pasos firmes con seguridad.

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