
El egoísmo es como vivir encerrado en la cárcel del yo; es la tendencia natural de centrar toda la vida en uno mismo, en tus deseos, intereses, comodidad y reconocimiento, sin tomar en cuenta las necesidades, los sentimientos o el bienestar de los demás. No es simplemente «querer lo que es mejor para ti», sino poner tu propio bien por encima de todo y de todos.
La gente egoísta vive en una prisión que ellos mismos construyeron. (John Maxwell).
Desde una mirada cristiana, esta actitud no es solo un defecto de carácter, sino una desviación profunda del propósito para el cual hemos sido creados. ¿Te parece que esta actitud agrada a Dios?
Dios nos ha hecho vivir en comunión con Él y con los demás. Por eso, su palabra nos invita a cambiar de enfoque: “No mire cada uno solo por lo suyo, sino también por lo de los demás” (Filipenses 2:4).
Este versículo nos motiva a cambiar el egoísmo por la empatía. El mensaje central es que dejamos de centrarnos en nuestros propios intereses y empezamos a buscar el bienestar, la felicidad y las necesidades de las personas a nuestro alrededor.
Jesús vino para servir y entregar su vida por amor. Vencer el egoísmo empieza por reconocerlo y pedir la gracia de Dios, para aprender que la verdadera plenitud no está en buscarse a sí mismo, sino en amar y compartir.
Señor, gracias por recordarme que fui creado para amar. Perdóname cuando vivo pensando solo en mí. Cambia mi corazón de modo que pueda ver y cuidar a los demás generosamente.
