
¿Acaso puede brotar de una misma fuente agua dulce y agua amarga?» Santiago 3:11
Al observar la naturaleza, descubrimos una ley sencilla y profunda, lo que sale de una fuente revela lo que hay en su interior. Ningún manantial puede proporcionar, de forma simultánea, agua pura y agua contaminada, ya que su naturaleza es determinante en cuanto a su composición. El apóstol Santiago toma esta imagen para plantearnos una interrogante directa: ¿Por qué aspiramos que de nuestra boca y de nuestro trato con el prójimo surja simultáneamente alabanza a Dios y amargura?
Imaginemos un pozo de donde todos extraen el agua, si el manantial que lo alimenta está contaminada, toda el agua que se extraiga de él será sucia, amarga e inservible. No importa cuánto intentemos limpiar el agua que sacamos, mientras la fuente permanezca impura, todo lo que salga de allí llevará a lo corrompido.
Como el agua que fluye revela la condición del manantial, lo que decimos y hacemos revela lo que habita en lo más profundo de nuestro ser. ¿Es nuestra vida una fuente de bendición constante, o una mezcla incoherente que confunde y aleja?
La coherencia que debe caracterizar al creyente es la que se manifiesta en nuestras palabras, acciones y en nuestro corazón. Todo ello constituye una sola fuente: el amor de Dios.
Hoy, el Señor nos invita a examinar nuestra verdadera fuente, y que todo lo que fluya de nuestro ser sea puro y verdadero.
